El olvitado arte de cocinar: ¿Somos esclavos de la comida rápida?

«Corren tiempos de vivir al paredón», cantaba Aute, y para la cocina tradicional, también. La vorágine de la modernidad nos arrastra entre cansados hombres en pijama y con pocas ganas de salir ahí fuera, al mundo de los que aún sienten. En este trajín, los restaurantes de comida rápida se han erigido como templos poderosos, evangelizadores de la religión del capital. Cada día que pasa cuentan con más feligreses y, las costumbres culinarias de antes, van poco a poco enterrándose en el olvido. Pero… ¿Por qué? Enumeremos las ventajas e inconvenientes de esta práctica cada vez más extendida.

La primera de ellas, que se nos viene con rapidez a la mente, es el ahorro de tiempo. En un mundo cada vez más frenético, con horarios laborales asfixiantes y días repletos de compromisos, apenas nos queda tiempo para cocinar con calma. La disponibilidad de este tipo de alimentos es, además, un plus, pues no solo se ofrecen en restaurantes, sino que también están a nuestro alcance en casi cualquier supermercado. Además, si somos de los que no podemos comer en sitio alguno que no sea nuestro hogar, los establecimientos de este tipo también ofrecen la posibilidad de llevar la comida a casa o incluso de llevártela ellos; dos opciones que hacen de la idea de acudir a sus productos algo irresistible. Pero… ¿Es realmente una cuestión de tiempo? En realidad hay numerosos aparatos para cocinar en casa de forma rápida y sencilla. Las ollas express, que ofrecen una versatilidad excepcional, son un ejemplo de este abanico inmenso. Quizá todo se explique de un modo más simple: nuestra pereza. Y contra eso es muy difícil luchar, tengamos o no todo el tiempo del mundo.

Otro punto que hace que cada vez más la gente se incline por hacer uso de estos establecimientos es el precio. Sin duda, la comida artesanal es para paladares refinados, pero no todos pueden permitirse la inversión monetaria. Por lo tanto, la comida rápida ofrece la posibilidad de comprar menús completos por una cantidad de dinero que está al alcance de casi todos los bolsillos. Además, son prácticos, ya sea en el propio restaurante o consumiéndolos en casa: se comen en pocos minutos, no hay que lavar apenas platos ni cubiertos y sus envases son muy manejables y fáciles de transportar.

Sin embargo, si las cadenas en las que comemos son aquellas que ofrecen menús excesivamente calóricos, debemos tener en cuenta sus posibles desventajas y, quizá, sopesar si no merecerá la pena invertir algo de tiempo en hacer nuestros propios platos con productos más saludables. Los restaurantes de este tipo pueden repercutirnos negativamente a corto y largo plazo, provocándonos enfermedades relacionadas con el corazón o el sobrepeso. El abuso del azúcar y las grasas es algo que se debe evitar, consumiéndolos con moderación. Si nuestra dieta se basa exclusivamente en este tipo de comida, nuestro cuerpo acabará por notar el exceso de estos dos elementos.

Pero bueno, no todo es tan alarmante; existen locales de estas características que ofrecen dieta variada e incluso se centran en comida vegetariana o vegana. Por lo tanto, a veces es solo una cuestión de elección y no del consumo en sí de este tipo de menús. Aún así, ¿no sería mejor sacar algo de tiempo para dedicar algún que otro día a relajarnos un poco y resucitar la vieja cocina? Está en nuestras manos y seguro que nuestra mente y nuestro estómago nos lo agradecerán. Solo pruébalo alguna vez y haz balance, apuesto de que te encantará.

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